A cuatro días del terremoto más potente que recuerde Chillán en su historia cercana, la ciudad parece respirar y levantarse. Los vecinos ya tienen agua y luz en sus casas, los supermercados abrieron sus locales para proveer a la población de alimentos, pañales y leche, las filas afuera de los servicentros por conseguir bencina son cada vez más cortas y expeditas y en general, la ciudad poco a poco retoma su ritmo, con cajeros automáticos funcionando y locales comerciales que tímidamente comienza a abrir sus cortinas.
El miedo al sacudón cada día es menor además. La gente parece estar internalizando que las réplicas son y serán un compañero más en este renacer de la ciudad tras los 8,3 u 8,8 grados Richter. Dos cifras, una chilena y otra norteamericana, que décimas más décimas menos reflejan lo potente del golpe asestado a la urbe, una que más que temor a nuevos movimientos, parece entrar en una nueva etapa, donde el enemigo no es la naturaleza, sino que nuestros propios vecinos.
A nadie le importa ya que la tierra en algunas partes se haya abierto y que las viviendas colapsaran. El horror se ha apoderado de las villas y poblaciones, donde vecinos armados parecen defenderse de un enemigo más presente en las noticias televisivas de saqueos que en la misma realidad. Con todo, y pese a que Carabineros ha descartado la presencia de hordas poblacionales invadiendo villas para robar, hay algunos que dicen haberlas visto y espantado. La autoridad sin embargo hizo un llamado a la cordura y no decretó toque de queda.
Quizás sea lo mejor, llevar a Chillán hacia la normalidad y no caer en la sicosis que se ha apoderado de Concepción, urbe que ha demostrado no estar a la altura de la tragedia. Cuando Ñuble lucha por convertirse en Región ejemplos como el que está dando cobra especial relevancia. Nuestra querida ciudad ha sido un referente de madurez, no lancemos al basurero todo lo bueno que ha dejado esta tragedia por hacerle caso a los rumores de siempre.