En enero el mundo se conmocionó con la muerte de 300 nigerianos durante un estallido de violencia religiosa en el centro de Nigeria. En esta ocasión, ganaderos musulmanes atacaron aldeas en donde la mayoría de la población eran niños y mujeres embarazadas.
Las bandas armadas con machetes, fierros y palos, llegaron a tres aldeas, cercanas a la localidad de Jos. Allí, ingresaron con el grito de "Allah akhbar" (Dios es grande, en árabe) antes de irrumpir en los hogares y protagonizar un verdadero baño de sangre. Varias iglesias también fueron blanco de la furia de los fulani, que incendiaron los templos cristianos.
El enfrentamiento fue condenado por organizaciones de Derechos Humanos y la ONU, quien indicó que los autores de las masacres serán llevados ante los tribunales.